Supe que no estabas por el eco interior de esas tristes canciones que a ti me recodaban, que eran todas. Estaba solo. Del todo. Me di cuenta de la importancia de tu presencia cuando simulé hablar contigo en ese asiento de copiloto que, pese oler a ti, yacía vacío. Por un rato incluso pensé que te habrías quedado dormida, como siempre. Hube de detener el coche, ya no podía más.
Me senté en aquel banco de fría piedra al que tampoco calentaba el sol y ese plato de buen gusto que para mi siempre resultó la soledad me pareció raro. Desconocido, como ese viejo buen amigo que encuentras con los años, ya sin apego ni química o aquellos versos que Julieta Venegas cantaba en “Como dos extraños”. Cómo cambian las cosas los años, decía... Le doy la razón. Sentí miedo sin demasiado sentido y decidí reemprender la marcha cuanto antes pese que no había nadie alrededor. Me atemorizó pensar que me cogería ahí la noche y retomé en seguida la carretera. Fue un viaje muy largo. Probablemente más por lo mental que por lo físico.

Eché de menos todo lo que habíamos echado por la borda.

El día siguiente amaneció con el espíritu moralista y superficial del que espera un cambio nuevo en un sitio nuevo que no resultaba serlo tanto. Todo era distinto, aparentemente favorable para el olvido y el bienestar. No fue suficiente para anestesiar por completo lo embarazoso del momento. Retomé viejas costumbres, visité a viejos amigos y pronto sentí que muchos de esos anhelos estaban también viejos ahora. Anclados en la idealización de lo que un día fuimos. Lo vi como una evolución personal y atribuí la razón a esa falta de conocimiento sobre uno mismo que instala en nosotros la madurez. Siempre, por supuesto, con esos cortes como de anuncios de la televisión sobre la trama de tu propia vida. Algunos te hacen reír, otros te recuerdan a épocas pasadas, otros te hacen reflexionar... la resignada terapia de la vida y el sopeso de sus errores; funesto afán que, por intentar hacerlos prácticos, cree tornarlos menos urentes. Llovía a ratos... pensé que me haría sentir mejor si no me contenía. El desahogo duró lo que dura el buzo que sube a por oxígeno para continuar hundiéndose en la parte más oscura de algo que en el fondo desconoce.
Y entonces los llaveros, regalos y fotos de la orgullosa iconoclastia de mi religión lucieron. Y en las noches siguientes vueltas, muchas vueltas a la cabeza, en los jardines o sobre el colchón. Siempre solo, por supuesto -así lo dictó la apetencia-. Viudo escogido sin del todo quererlo de algo muerto en vida o enterrado vivo, quién sabe.

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4 comentarios

  1. itsaso // 17 de octubre de 2009, 0:34  

    muy muy bueno.

    me ha gustado entre otros: "Fue un viaje muy largo. Probablemente más por lo mental que por lo físico".

    para cuando más?

  2. joaquin // 18 de octubre de 2009, 0:40  

    El programa a perdido la cabeza y ya no saben que inventar,ahora vuelven a dividir a los concursantes en dos casas para reducir los conflictos,que vuelva ontiveros para que vuelva el gh original y todos juntos en una casa

  3. libélula // 19 de octubre de 2009, 20:25  

    Tienes don.

  4. anadelatienda // 21 de octubre de 2009, 1:19  

    con permiso

    plas plas plas y plas.

    un saludo.

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