La crisis económica actual es una crisis del futuro. Los beneficios esperados se convirtieron en pérdidas desesperadas. No podemos considerar el carácter mítico del futuro, y su función contemporánea.

El futuro es un rasgo estructural del ser humano. Quizá fue San Agustín, en su famoso libro XI de las Confesiones, el primer filósofo que señaló con claridad cómo el tiempo consiste en esa coexistencia dinámica en la mente del recuerdo cercano, la atención actual y la proyección a lo que vendrá a renglón seguido. El ejemplo de una melodía, también pensado a fondo por Huserl, es interesante: atendemos a la nota que escuchamos, teniendo de algún modo presente la nota que la precedió y con la expectativa del próximo sonido. Retención, atención y protección forman la vivencia interna del tiempo, línea que constituye el Yo como una idea conectora. Nuestra vida cotidiana, que es eminentemente una supervivencia práctica, registra siempre este movimiento de pasado a futuro de lo que acabamos de hacer a lo que vamos a hacer, con ese punto de contacto que es lo que ahora estamos haciendo.
Ha habido quizá tres modos esenciales, a menudo usados en combinación, de gestionar el futuro: la religión, la tecnología y la política. La religión ofrecía al individuo el horizonte de la vida ultraterrena. Ahí es nada. La tecnología, la posibilidad de superar con éxito problemas prácticos. La política, el arte de formar y dominar comunidades para un destino.
En torno al Renacimiento, los europeos hemos girado hacia la explotación del futuro. En esa época, se produce una gran innovación de las perspectivas religiosas, científico-tecnológicas y políticas. El Cristianismo se disgrega, individualiza e interioriza, proceso agudizado precisamente por las crueles guerras de religión. El desarrollo de una nueva cosmovisión, y del aprovechamiento de la física y las matemáticas, convierte el futuro en una entidad programable y accesible, como la veía Fracis Bacon. Y, por último, la construcción de grandes Estados monárquicos capaces de amparar mercados nacionales e internacionales lleva de nuevo el papel de futuro. Nace, como señaló Michel Foucult, la biopolítica, el arte de gobernar sociedades de masas.
Saqué de su bolsillo una moneda de un euro. ¿Qué es? Un trozo de níquel redondo. ¿Qué significa? Significa un futuro: la expectativa fundada de que podrá canjearlo por algún bien o servicio (por ejemplo, el autobús municipal se lo canjeará por un desplazamiento a la parada que usted elija). El desarrollo del capitalismo no es más que una orientación intensa hacia las cosas futuras. En vez de gastar sólo lo que uno tiene, se recurre al crédito para afrontar determinadas empresas. Los reyes de España pedían préstamos en Europa con base en los futuros cargamentos de oro y plata que habrían de llegar desde América.
Las monarquías creaban sociedades científicas y asumían gastos pensando en el futuro rendimiento de sus hallazgos para la medicina o la navegación. Nacen las bolsas de valores y los sistemas de seguros como negocios que toman riesgos calculados sobre ciertas expectativas de futuro. La sociedad del riesgo surge. De algún modo, todo este desarrollo de la Edad Moderna desemboca con las revoluciones inglesa, americana y francesa en un nuevo proyecto de civilización, netamente expansivo y que se marca como meta diseñar y controlar el futuro. No es casualidad que revolución filosófica de la modernidad fuera el paso, con Descartes, a una filosofía de la conciencia y a una filosofía del cálculo.
La historia cobró así sentido y dirección: el progreso material y moral. El pasado fue reinterpretado como serie de etapas conducentes a una culminación de un plan. La filosofía alemana, más suavemente Kant y más contundentemente Hegel, extrae esa conclusión, lo mismo que en Francia Auguste Comte con su positivismo. Marx, discípulo de Hegel, convierte esta perspectiva en una gran esquema de la historia humana, con proyección hacia una utopía comunista. Más tarde se proponen utopías tecnocráticas.
En cualquier caso, todas estas corrientes culturales han hecho del mundo un proyecto y del futuro una clave. No es que no lo fuesen antes, ya que tanto la actitud religiosa como la técnica en una sociedad agraria tradicional, o la política premoderna, implican el factor del futuro. Pero siempre es un futuro a corto plazo: acabar con la sequía o la guerra, sembrar para cosechar, armar un ejército para defender la frontera.
Lo característico de la modernidad es el alargamiento del plazo: la asunción de programas de acción de largo recorrido, sea la colonización de otro continente, o la inversión en proyectos científicos, o el establecimiento de constituciones y nuevos marcos jurídicos; también, la formación de movimientos nacionalistas con lejanas aspiraciones de autonomía política frente a estados o imperios. El nuevo papel de la educación, por ejemplo, es típico de una sociedad que empieza a pensar a largo plazo. Lo mismo puede decirse de grandes iniciativas de infraestructuras, como las redes ferroviarias o el canal de Suez.
La modernidad es, por tanto, vitalmente revolucionaria, porque convierte el futuro en proyecto y la acción en cálculo instrumental. La historia, el pasado, le interesa fundamentalmente como herramienta de orientación de voluntades y gestión de consensos de acción. Lo que no sirve para ello, es mero espíritu de anticuario, curiosidad insana sobre minucias irrelevantes, afición estetizante. Es esa historia a la que se reprocha su inutilidad.
Así, incluso en el enfoque del pasado lo que prima es el futuro, el proyecto social de un presente que se alimenta de porvenires. El siglo del progreso y el siglo de la historia coinciden: el burgués XIX. Y así, Ortega y Gasset dirá, a la vez, que el hombre no tiene naturaleza, sino historia, y que el hombre es “futurición”.

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1 comentarios

  1. dani // 20 de octubre de 2008, 2:17  

    Interesante. ¿De donde venimos y a donde vamos? Haciendo seguramente una vulgar simplificación, creo que todo se puede resumir en la forma de ser del hombre. Somos tristemente ambiciosos. Ambiciosos porque sin apenas disfrutar de las metas alcanzadas, nos planteamos nuevos retos, y así hasta la muerte. Y tristes porque lo hacemos todo ello movidos por la envidia y el qué dirán. Si nadie tuviera coches de 10 minolles, nadie querría coches de 10 minolles. El caso es que un mal día alguien puede comprarlo como lujo, y es el resto quien lo convierte en bien de 1ª necesidad, por ambición, por envidia y por el qué dirán si yo no tengo coche.

    La política efectivamente nace con fines organizativos en metas multitudinarias, pero evoluciona hacia el arte del encauzar la borreguez del hombre y el cómo aprovecharse de ella, saliendo así a la luz otro maravilloso rasgo inherente a nuestra especie: la malevosía. Así somos (o así nos hizo Dios).

    Por tanto es inevitable que los más listos/poderosos acaben aprovechándose de los más tontos, que haya políticos y que nazcan los bancos. Que unos lo tengan todo y otros nada, y que a los que no lo tengan les toque joderse. Selección natural, que al fin y al cabo es así como hemos llegado de la piedra al avión. La cuestión es para qué, y hacia donde quiere llevarnos este cruel? destino. En fin, que la culpa de tal cúmulo de desvaríos tan bien correlacionados la tiene Ainhoa y sus berzas. Porque como buenos sucesores del mono, también nos la pelamos, claro. Un beso para Ainhoa.

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